[Lo siguiente es un escrito de hace ya un tiempo, sin mucha edición y por lo mismo con algunas ideas o frases sin arreglar suficientemente. La excusa del texto es Descartes y lo que propone en sus "Meditaciones Metafísicas", y tomando como referencia el hecho de que antes de escribir aquello pasó el francés este por un tiempo en el ejército, de allí la referencia a la guerra. Pero es una excusa para intentar decir otra cosa...]
Está él en medio del delirio de una guerra. El infierno sólo puede ser entendido estando dentro de él. Para un hombre que ha tratado siempre de ser racional, este sólo puede ser el peor de los escenarios. Las motivaciones para estar ahí pueden ser tan ajenas a la voluntad, y sólo por esto no lo llamamos condena. Aunque en medio de la vida que se aniquila a sí misma a punta de sables y fuego de cañones, esto sólo puede ser concebido así: como una horrible condena. Porque no encontrarás salida de ella, por lo menos no a través de los nobles principios de tu razón. Y está ahí, él, en medio. En una horrible tragedia tragándose a sí misma como una serpiente, amenazando con devorarlo a él. En medio del delirio del hombre que se levanta contra el hombre.
¿Qué queda entonces? – se pregunta, mientras no logra entregarse al sueño. Y los ojos inquietos de la desesperación no encuentran respuesta. Incertidumbre multiplicada por la muerte y el dolor. ¿Qué queda? ¿Es así como debe perecer el hombre?
No puede decirse que en los campos de batalla haya día o noche. Y desaparecido el amparo de la noche, el insomnio es una forma de la vigilia. El cansancio sólo se suma a más cansancio. El sinsentido ha olvidado las huellas de toda razón. ¿Qué es esto? ¿Una pesadilla o realidad?
¿Y si en verdad no es esto real y yo ni siquiera estoy aquí? ¿Y si estoy en mi casa, sentado junto al fuego? ¿Y qué cosa, en medio de este absurdo, podría darme alguna mezquina respuesta?
El hombre se sienta y llora, aferrándose con las manos a una tierra mojada húmeda de la vida desgranada y abierta por el puñal y la cólera. Hasta no esperar nada. Hasta verse perdido y solo. Hasta no importarle nada. Súbitamente ajeno a la escena, se hace preguntas en voz alta y no es capaz de darse respuestas. Mirado con extrañeza por los demás, da la perfecta impresión de un sujeto sin ninguna fe en nada sobre la tierra. Un hombre que pregunta y que se enferma a sí mismo haciéndose sus estúpidas interrogaciones. Perdido en gimoteos y sin llegar a nada.
¿Qué prueba que todo esto es mentira, que no estoy en verdad durmiendo y soñándome a mí mismo en medio de un cuarto y junto al fuego? ¿Dónde estoy realmente? ¿Y si nunca pudiera llegar a ninguna certeza? Pues, ¿qué me prueba que he conocido alguna vez el mundo, o qué mis padres existen, o que los demás están también vivos? Nada, sin duda, me prueba que exista un dios. Nada.
¿Qué me queda entonces? ¿Qué certeza?
Se pregunta. Y en un delirio maníaco sucumbe a sonidos que se repiten sin sentido, enajenado y fuera de sí, como si a cada segundo algo lo triturase como se hace con las hormigas, sintiéndose caer sin fin en una espiral negra y nauseabunda que es él mismo.
Y entonces algo lo saca de sí mismo y empieza la lucidez. Pues por fin algo se ha quedado quieto. Sin saber qué buscar, se repite a sí mismo lo que un yo que no era él le había susurrado.
No puedo salir de mí mismo – se dijo. – No puedo salir de mis preguntas ni de mi incertidumbre. Pero entonces hay algo que parece estar fijo. Que aún si esto no fuese más que un delirio, aún si hubiera o no un dios, o si hubiese aún una voluntad todopoderosa y fuera en verdad un ser sádico, un satanás omnipotente, un genio maligno, lo cierto es que soy yo el que se engaña. Porque en el modo que sea y aunque yo no lo pudiera nunca saber, yo existo. Pienso, y por esa sola razón puedo afirmar sin engañarme que yo soy.
¿Pero de qué me sirve todo esto? ¿De qué vale tenerme a mí mismo, si necesito el mundo?
Sólo porque el hombre es conducido a estos inhóspitos lugares ajenos a su voluntad es que no lo llamamos una condena. Pero sólo así puede ser experimentado. Como una tortura que se repite a sí misma sin sentido ni razón. Y en medio de ella, uno mismo. Como Prometeo devorado por los buitres. Y alcanzar el fuego siempre atraerá a los buitres.
No puedo salir de mi mismo. Encerrado en mi cabeza y mi voz como un eco que jamás podré dejar de escuchar. No puedo tocar el mundo. Nunca he conocido la luz.
Pero, ¿esta incertidumbre, este desgarro y este vacío en mi corazón o en mi cabeza, en verdad es una prueba de que no hay nada más que yo? ¿Tiene acaso algún sentido una prueba cualquiera en medio de este delirio? ¿Y si en verdad todo esto está ocurriendo, y lo que ven mis ojos en verdad está allí y lo que tocan mis manos es real? ¿Será que de verdad estoy en medio de esto haciéndome estas preguntas como un orate?
Todos los hombres pueden ver la luz. Hay unas escaleras. Hay que caminarlas hasta el final…
El está ahí. En medio de la guerra. En sus ojos hay lágrimas pero sus manos no las secan. Quiere sentir. Mira hacia el cielo y mientras llora cada vez con más ganas, sonríe. Ríe llorando y sin saber qué decir. Porque ahí, en mitad de un campo de batalla que nadie recordará, ha visto la vida por fin. Ha visto, por primera vez en su vida, algo. Llora, porque ahora entiende que lo único que necesita un hombre en esta tierra es un acto de fe. Nada más. Porque a través de las leyes de la razón no se puede concebir ninguna verdad. Porque la razón es el hombre, y el hombre es un pedacito de nada. Una piedra en medio del desierto que puede decir que piensa. Nada más.
Pero, ¿y qué sentido tendría que me soñase a mí mismo? ¿Es que acaso podría haberme inventado yo a mi mismo? ¿Podría ser yo el artífice de este milagro que no soy yo? ¿Es que acaso esas aves cantan para mí…? – Sí, también cantan para ti, y te invitan a cantar con ellas.
Hay algo que no soy yo. Y sólo puedo dar gracias, por estar en medio de ello. Porque descubro que no soy más que las montañas y los ríos. Y que aún así, siendo apenas un pedacito de nada, estoy aquí, en medio de esto que puedes llamar Vida, o Ser, o Dios. Pero estoy aquí, en esto que mientras lo leo ahora lo llamo presente, y yo y tú también podemos cantar.
No me pidas que te de una razón porque no podrás encontrarla. Para entrar en esta casa, debes dejar afuera esos zapatos. Rómpete a ti mismo como si fueras un espejo, te espero del otro lado.
El hombre es todos los hombres y en ninguno. Tus pasos son los primeros sobre la tierra.
Descartes ya está muerto – por supuesto, según lo que nuestra tradición comprende como muerte. Lo concebimos ahora como un filósofo, porque pensó asuntos acerca de los cuales la mayoría de nosotros nunca nos hubiésemos preguntado. Lo llamamos filósofo, porque así es como lo llamarán para siempre los libros de historia, y la historia nos obliga a rendir honores. Pero aunque nunca hayamos conocido a Descartes, y aunque lo que sea que haya sido para él su vida, lo cierto es que nos hemos olvidado por completo de otra cosa. De que Descartes fue un hombre del mismo modo que lo somos nosotros. Y sin embargo, caminó hasta donde la mayoría de los hombres prefieren no caminar. Y así, lo llamamos filósofo. Y así lo llamamos, y sin darnos cuenta nos comprime la costumbre de una equivocada pequeñez.
Todos los hombres pueden ver la luz. Todos. Hay unas escaleras, pero hay que caminarlas hasta el final. Cuando tú llegues ahí, también tendrás que decidir.
Rompe el espejo, te espero del otro lado.
17 de mayo de 2007.